El inefable "Ringo" Bonavena decía que la experiencia es un peine que nos dan cuando nos quedamos pelados. La paternidad, siguiendo el razonamiento, viene a ser una carrera en la que nos diplomamos cuando los chicos ya levantaron vuelo. Salimos a preguntarles a nuestros comprovincianos cuándo habían tomado real conciencia de su condición de padres (cuándo les cayó la ficha, para plantearlo coloquialmente). En la página 5 pueden leer algunas respuestas. Pero el común denominador entre los consultados fue la duda. Todos se quedaron pensando.
Sería genial que los chicos salieran de la panza con un manual de instrucciones. O que en cada casa hubiera una vitrina amparando los 10 mandamientos del padre infalible, con un martillito a mano para romper el vidrio en caso de urgencia (o sea, a la primera de cambio). La realidad no es tan generosa y obliga a improvisar a cada momento. El amor y el sentido común son, a fin de cuentas, las únicas armas de las que podemos fiarnos con absoluta certeza.
Pensando en todos estos temas fue que llegó a mis manos, hace unos años, uno de los textos más profundos, intensos y emocionantes que conozco acerca de la paternidad. En "Mortal y rosa" (infinitas gracias a quien me abrió la puerta de ese mundo), Francisco Umbral vomita todo lo que le produjo la muerte de su único hijo. Amor y dolor, expresados desde el tremendo lugar de la pérdida. "Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú". En esas 11 palabras Umbral resumió todas las respuestas.